Historias del reparto de pan en Santiago

Para enaltecer esta clave labor de nuestra industria, repasamos parte de la historia de este oficio, así como los relatos de algunos trabajadores que hoy lo ejercen. Ellos nos hablan de la vida que han vivido entregando diariamente el producto de nuestro trabajo.

 

Junto con la elaboración del pan, su traslado oportuno todos los días es una labor clave para el buen funcionamiento del negocio. La forma de cumplir con esta tarea, como es de esperar, ha evolucionado a través del tiempo.

Para conocer algo más al respecto, solicitamos información a la Panadería San Camilo, la nos adelantó un extracto del libro que lanzarán en octubre próximo sobre la historia del pan en Chile. La obra se enmarca en los actos de conmemoración de sus 130 años de existencia.

En el texto se comenta que el pan y los caballos, estuvieron unidos desde un comienzo en el país. Y de ello dan cuenta ilustraciones famosas del período colonial, que muestran al repartidor de pan de 1800, con uno o dos canastos tapados con paños, sobre el lomo de un caballo.

Una de las primeras normas de salubridad en relación al transporte de este producto, las dictó el gobernador Casimiro Marcó del Pont, durante la Reconquista en 1816, obligando desde entonces a llevarlo en “canastos y carretones”.

Esa forma de reparto se mantuvo por muchos años. “Pero las enormes ruedas de madera de los carretones del pan, chirriaban por la sequedad del sol y los cascos de los caballos cloqueaban en los adoquines. Eran tantos los traslados que el ruido y el olor que dejaban los animales originaron problemas”.

El reparto se hacía dos y hasta tres veces al día, ya que la dieta de ese entonces consistía en unos cuatro panes por persona (uno para cada comida), por lo que no era raro que se comprara pan hasta tres veces por jornada.

Por ello, en 1880 el Municipio de Santiago trató de regular el tránsito de carretones por horas y avenidas para proteger el sueño de los habitantes. Además, en calle Dieciocho –el barrio más acaudalado de la capital– cambiaron algunos adoquines de piedra por unos de madera para disminuir el ruido. Como no funcionó, en 1900 los vecinos prohibieron el tránsito de carruajes de reparto por cuatro calles.

Pocos años después se inventó el caucho y casi de inmediato se hizo obligatorio en los carros de reparto del centro de Santiago. En la década de 1940, muchos ya usaban ruedas de auto y algunos hasta tenían un freno de pedal.

Para el trabajo se seleccionaban caballos que sólo trotaban, ya que si corrían el pan caliente se maltrataba con el movimiento y se aplastaba con el paso de las horas.

Estos animales apoyaban a los repartidores nuevos que no conocían la ruta ni los clientes. A los reemplazantes sólo se le entregaba el pan y la lista de nombres. El caballo iba deteniéndose de casa en casa, hasta terminar con las entregas habituales.

La complicación de tener carretones de reparto era que había que contar también con enormes caballerizas. Además de tener el doble de caballos para sus reemplazos. Esto no sólo se producía por enfermedades, sino porque estos temperamentales animales a veces no querían salir a trabajar.

El cargo del repartidor, especialmente a comienzos de siglo XX, se consideraba un ascenso en el mundo de la panadería. Era un orgullo dejar el salón de amasijo y salir a repartir, pese a la responsabilidad, ya que si se perdía dinero, él tenía que reponerlo. Por eso, algunos salían armados tras sufrir varios atracos.

Se dice que el repartidor fue también un personaje del barrio y que en algunos sectores los vecinos inventaron sistemas para avisar que se acercaba el pan caliente. Se relataba igualmente que tenían especial llegada con las mujeres y que muchos conocieron a sus esposas en sus rutas.

Cuando las panaderías crecieron, llegaron a tener muchos repartidores y el trato cambió. Como ellos tenían una libreta con los pedidos anotados por calles y casas, con los nombres de las personas, se podía encargar esa ruta a otro repartidor. Entonces, ellos eran intercambiables y la clientela era de la panadería.

 

CONTAMINACIÓN

Si se toma en cuenta que una panadería promedio tenía una caballeriza para 20 caballos y 10 carretones, se debiera entender el mal olor que había con 174 panaderías en Santiago. Esto motivó que se regularon las caballerizas del centro por la contaminación en los barrios residenciales.

Por  salubridad, desde comienzos de siglo XX no se podía tener las caballerizas en la misma panadería. En 1937, en tanto, la Municipalidad de Santiago las prohibió en su territorio. Entonces nació el servicio de caballeriza en la periferia, donde se recibían todo tipo de caballos y carros.

En 1964 la Intendencia Metropolitana prohibió las caballerizas y pesebreras en todo el radio urbano de Santiago. Además, el acopiar pasto y alimentar caballos en la vía pública, como era usual frente a las panaderías. Eso terminó con los caballos en el reparto de pan en la ciudad. Sólo se mantuvo en las comunas distantes y semi rurales de Santiago, hasta los 80 ó 90.

 

LOS CARROS

En la década de 1920 había un modelo de carrocería que se repetía. Era un carromato de un caballo, “cubierto con techo, con portalón trasero para meter los canastos, ventanas ovaladas y un logotipo en los costados. Tenían cubierta, porque permitían conservar el calor del pan y, en invierno, evitaban la lluvia. Adelante tenían un cajón con un asiento levadizo que servía para sentarse y llevar cosas, como el dinero”.

Tras la ya mencionada innovación con los neumáticos de goma, que silenciaron en algo su tránsito, se incorporaron carrocerías de metal, más seguras y herméticas. Eran como carrocerías de auto, pero con un caballo delante.

Muy pocos panaderos pudieron incorporar vehículos cuando llegaron a la capital, ya que eran muy caros. En los años 60 San Camilo reemplazó los 20 carretones de caballos por las primeras seis camionetas Ford Taunus. Pero tampoco fueron una solución fácil, por los choques y falta de mantenimiento por parte de los repartidores.

Las panaderías más pequeñas inventaron el reparto en bicicletas y triciclos. Pero estos últimos quedaban en panne porque las ruedas no resistían tanto peso. Además, eran incómodos por la lluvia y el calor.

A mediados de los 80 llegaron a Chile los primeros furgones japoneses utilitarios Suzuki, conocidos como pan de molde. Eran económicos y accesibles. Rápidamente desaparecieron los triciclos.

Hoy el reparto de pan se hace casi todo en vehículos en la zona urbana del Gran Santiago, con lo que se generó un cambio profundo en el consumo de pan, ya que todos los clientes solicitan este producto caliente.

 

REPARTIDORES

En la panadería Ralún II de Lo Espejo, encontramos a Richard González Saavedra (48 años), quien ejerce como repartidor desde los 19 años en ese local. Llegó en 1987, como ayudante del administrador, que era el pololo de su hermana. Se inició en las labores más simples, hasta quedarse con su actual puesto, que ejerce con mucho orgullo.

Llega a trabajar a las 6 de la mañana y sale a las 22 horas, claro que tiene un receso a la hora del almuerzo. Pese a lo duro del horario, dice que le gusta su trabajo por la agradable relación que ha tenido con sus jefes, compañeros y clientes.

Comenta que tiene una ruta agradable, donde incluso hay un acuerdo de “caballeros” con los repartidores de otras panaderías cercanas, con lo cual ninguno ofrece pan donde va el otro.

Le consultamos si la competencia entre las panaderías la define el precio del pan, y lo descarta de plano. Menciona que su pan no es el más barato de la zona, pero que los clientes no lo dejan por su calidad.

Richard nos comentó que desde los años 80 a la fecha, ha bajado bastante la cantidad de pan que se deja cada cliente; esto por el aumento de los supermercados y las amasanderías. Pero él compensa eso ampliando un poco su ruta y sumando nuevos puntos de despacho.

En lo personal dice estar muy satisfecho por la opción de vida que tomó, ya que “es un buen sueldo” que le ha permitido criar y dar educación a sus 3 hijos. Además, contar con una casa propia.

Hoy su hijo Richard, de 21 años, está trabajando en la panadería como ayudante del administrador en distintas áreas, con lo cual se vislumbra con muchas proyecciones en el negocio.

La única complicación que tiene hoy en su trabajo, se da por las restricciones vehiculares en otoño e invierno. Pero reconoce que sale igual, aunque con más cuidado al escoger las calles por las que transita.

En la panadería Pan Pam, de San Miguel, conocimos a Juan Bustamante Lorca (49 años). Su historia es un poco distinta. Él laboraba en una oficina de contabilidad, donde uno de los clientes era dueño de una panadería en Ñuñoa. En 1982 quedó sin trabajo y le hizo unos servicios a ese empresario. Se quedó con él y cuando compró una nueva panadería en Franklin, comenzó como repartidor.

Hace como 10 años, otro repartidor lo motivó a cambiarse a su actual empresa. Le dijo que pagaban más, tenían mejores máquinas y había un excelente ambiente laboral. “Así fue. Me vine y estoy muy cómodo”, reconoce.

Destaca además la gran limpieza con la que se trabaja en producción, lo que le permite invitar a las instalaciones a un posible cliente, y con ello cerrar un trato.

Llega a trabajar a las 4 de la mañana, ya que tiene clientes que necesitan el producto muy temprano. Durante el día atiende a 27 clientes, llega a su casa como a las 8 y se acuesta una hora más tarde. El día domingo descansa y disfruta de la familia. Sobre todo de su hijo menor, que tiene poco más de dos años.

Pese al sacrificio, dice que le tranquiliza lo estable del trabajo, ya que si uno hace la pega, no hay temor de quedar cesante, como sí ocurre en otros sectores. “El pan se consume todos los días, así que siempre habrá trabajo”.

En su caso, tampoco el pan que reparte es el más barato, pero por la calidad del producto que ofrece, no siente temor de que le vayan a quitar un cliente.

Cuenta que en los años 80 los repartidores que había eran más violentos. Recuerda que una vez lo chocaron como revancha, porque él le había quitado un cliente a otro. “Afortunadamente, ahora la gente es más educada”.

Con los años, él ha procurado disminuir las devoluciones, conociendo el flujo de los clientes. El tema que sí le complica es el aumento del flujo vehicular, que le ha hecho llegar algo tarde en alguna oportunidad. “Ahí uno tiene que aguantar calladito el enojo de cliente, y al otro día explicarle cuando ya está más calmado”.

Sobre la restricción vehicular opina que debiera sólo aplicarse a los vehículos particulares, ya que en su caso debe entregar un alimento básico para la población.

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