Otro proyecto en el Parlamento que causa debate por sus riesgos

La diputada Camila Vallejo presentó en el Congreso, una iniciativa para rebajar las horas de la jornada laboral durante la semana. Se trata del proyecto “40 horas”, que busca que los trabajadores tengan una jornada laboral que, según sus palabras, permita conciliar el trabajo con la vida personal y familiar.

La propuesta precisa que, una vez reducidas las horas de trabajo legales, bajo ninguna circunstancia se podrá disminuir la remuneración de los trabajadores beneficiados. Además, aclaró que no se contempla que este proyecto sea aplicable a los parlamentarios.

El 5 de abril, tras un largo debate, la Cámara de Diputados declaró admisible el proyecto de ley que rebaja la jornada laboral. La normativa fue respaldada por 51 votos a favor y 21 en contra. Por ello, pasó a la Comisión de Trabajo para que sea analizado.

En forma paralela, la diputada comunista se reunió con los ministros de la Secretaría General de la Presidencia, Nicolás Eyzaguirre y del Interior, Mario Fernández, para exhibirles la propuesta. Este último valoró la iniciativa, argumentando que aumentaría la productividad de los trabajadores.

En otra trinchera, el ministro de Hacienda, Rodrigo Valdés, no lo apoyó si es que no involucra un cambio paralelo de los salarios, “porque lo que no podemos hacer es ponerle más carga a la economía en un momento en que requerimos mayor empleo”, dijo.

 

FUNDACIÓN 2020

Mario Waissbluth, profesor en el departamento de Ingeniería Industrial de la Universidad de Chile, además de coordinador nacional del movimiento ciudadano y presidente de la Fundación Educación 2020, se manifestó públicamente contrario a esta idea desde el principio.

Afirmó que “muchos dirigentes políticos no parecen entender en su apuro electoral y demagógico, que la suma de reformas confusas y pobremente diseñadas –en particular la tributaria y laboral, a la cual se suma el 5% de cotización adicional para pensiones– ya ha introducido grandes inestabilidades laborales, productivas e inversionales, y que la economía ya no resiste más cambios bruscos en este período”.

“Esta proposición, para la etapa actual del desarrollo de Chile, es un craso error… No hay duda que en Chile se trabaja un número excesivo de horas y que en países avanzados se trabaja menos. No hay duda que, en adición a las extensas jornadas, los ciudadanos de Santiago debemos viajar largas horas hacia y desde el trabajo, pero no se toma en consideración que los países avanzados tienen productividades laborales mucho mayores que las chilenas. La suposición de que la reducción de horas se compensará con un aumento de productividad, porque vamos a trabajar más contentos, es simplemente delirante o, a lo menos, sin fundamento”.

“No hay duda que un buen porcentaje de industrias, especialmente las pymes, que absorben el 80% del empleo, pero también las grandes empresas como los bancos,  los supermercados, etc., deberán contratar más personal -entre otras cosas- para atender público. Pero para equilibrar sus finanzas, deberán ofrecer salarios más bajos. Pocos toman en cuenta que, de cada 100 nuevas empresas pyme que nacen, cerca del 70% no sobrevive a los 5 años, y que esto le agregará pelos a su ya complicada sopa”.

Dijo que “a pocos parece sorprender o preocupar que Chile sea hoy uno de los países que menos está creciendo en América Latina y que, por ejemplo, este mes hayamos registrado una caída en este índice después de 8 años”.

“A nadie parece preocuparle que, en el estudio de empleo de febrero, el número de trabajadores asalariados cayó 2,1% respecto al año pasado, y que los trabajadores por cuenta propia se dispararon 8,1%. A estos últimos, mayormente informales, no les va ni les viene si la semana es de 40 ó 45 horas. Muchos venden fruta o maní en las esquinas, porque no encuentran trabajo formal”.

“Algunos se preguntan por qué no pasó nada cuando la jornada laboral se redujo de 48 a 45 horas –afirma Mario Waissbluth-. La razón es clara: El país estaba en plena y estable expansión económica al 5% anual, con elevadas tasas de inversión. La productividad estaba aumentando y la economía pudo absorber el cambio con facilidad. Tampoco en esa época se estaban introduciendo modificaciones simultáneas en reformas como la tributaria, laboral y de pensiones. Si volvemos a una situación similar, yo estaría feliz de apoyar un cambio como el propuesto”.

“Chile se está “kirchnerizando” a pasos acelerados, y el fantasma del populismo está cada día más cercano. A la larga, quienes pagan el pato inevitablemente siempre son los más pobres, bajo la forma de desempleo e inflación, tal y como ha ocurrido en los más de 40 experimentos de esta naturaleza que se han hecho en América Latina en el último siglo”.

 

SOFOFA

Cecilia Flores, abogado de la gerencia de Políticas Públicas y Desarrollo de SOFOFA, afirmó que el tema de la duración de la jornada laboral debiera ser tratado en el marco de una discusión seria y amplia, acerca de  “cómo inyectamos al mercado laboral mayor flexibilidad. Necesitamos dotarlo de este elemento no sólo para incentivar el ingreso al mismo de mujeres, jóvenes, adultos mayores o personas con discapacidad, sino también porque debemos hacernos cargos de que hoy, dados los avances tecnológicos, existen nuevas y diferentes formas de efectuar las prestaciones laborales, con beneficios tanto para los empleadores como para los trabajadores. Por eso, más que fijar una jornada rígida, se debería dar espacio a la negociación libre entre las empresas y sus trabajadores”.

Aseguró que las empresas y las pymes requieren flexibilidad y no marcos rígidos que les impiden, en la práctica, enfrentar la competencia que existe en los mercados internacionales. “Estas discusiones requieren evaluaciones técnicas de profundidad para medir su impacto. En lo inmediato, creemos que de aprobarse una medida como la propuesta, se encarecía la mano de obra -dado que los sueldos se mantienen-, pudiendo en el corto plazo tener ello un impacto negativo en el empleo”.

 

UNIVERSIDAD SANTO TOMÁS

Guillermo Yáñez, decano de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Santo Tomás, señaló que de aprobarse el proyecto de reducción de jornada, con los niveles de crecimiento y productividad actuales, “se encarecería la producción, profundizando a corto plazo el ciclo contractivo de la economía e incrementando el riesgo de inflación”.

En su opinión, las empresas pyme “serían las más afectadas, por cuanto es en ellas donde la productividad ha sido más afectada en los últimos años y porque tienen menos capacidad de adaptación”.

Para estimar las consecuencias que esto podría tener a nivel laboral, Yáñez indicó que “la evidencia internacional a este respecto es mixta. Pero implementando una medida así en un ciclo de baja productividad, con rigideces en el mercado laboral, tendría un efecto negativo a corto plazo”.

Explicó que al mirar a otros países, “todos los proyectos de rebaja de jornada han sido exitosos cuando se han implementado aparejados con mayores niveles de productividad. Por ello, se requiere invertir en tecnología, capital humano e innovación, y luego se van viendo los resultados positivos. El promedio de horas trabajadas al año en la OCDE, es de 1.766 horas y prácticamente la totalidad de los países con mayores niveles de productividad, están bajo ese umbral. Chile se encuentra entre los 4 países OCDE en que se trabajan más horas. Chile está en un ciclo contractivo y con un fuerte deterioro en productividad. Es, por lo tanto, el peor momento para hacer un cambio así”.

En su opinión, si se busca mejorar la calidad de vida del trabajador, lo adecuado sería lograr una efectiva reducción de los tiempos de desplazamiento en las ciudades de mayor tamaño del país. “Eso tendría cuantiosos beneficios para promover la vida familiar, esparcimiento y vida sana. Es evidente que hay mucho por hacer en esta materia y da para un tema a discutir en sí mismo. Por ejemplo, contar con trenes suburbanos modernos, adicionales al Transantiago, con desplazamientos eficientes  en ciclovías, etc.”.

Por otro lado, dijo que si reconocemos que las personas pasan una proporción importante de su día en el trabajo, resulta fundamental que el clima laboral y las condiciones operativas sean de calidad. Por ello, cree conveniente dar tiempos de descanso y esparcimiento a los trabajadores dentro de su jornada laboral. “Cada vez son más las empresas que innovan en estas materias, entendiendo que impulsan la productividad”.

 

UNIVERDIDAD CENTRAL

María Ester Feres es directora del Centro de Estudios y Asesorías en Trabajo y Relaciones Laborales de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Central. En su currículum destaca que fue directora del Trabajo durante los gobiernos de Eduardo Frei Ruiz- Tagle y de Ricardo Lagos.

Le consultamos su opinión sobre el proyecto, y  nos dijo que su mayor virtud es contribuir a abrir un debate muy necesario a nivel nacional, tal y como se ha dado hace ya muchos años en otros países del mundo.

“En Chile se trabaja, según datos oficiales del año pasado, 1.988 horas anuales (el quinto país en el ranking de la OCDE), mientras que, por ejemplo, en Alemania son 1.371, en Holanda 1.419 y en Noruega 1.424. Como afirma el economista de la Universidad de California, Sebastián Edwards, no hay ningún país avanzado con semanas de 45 horas”.

Puntualizó que no es posible pretender mejorar la productividad de la economía sin avanzar sustancialmente en la calidad de los empleos. Y a su vez, hay que contemplar que la calidad de vida en general está indisolublemente asociada a la calidad de vida en el trabajo.

En relación al efecto que el proyecto podría tener en la pyme, María Ester Feres advirtió que la variedad de la situación en ellas es enorme y que la mayoría de sus problemas no devienen de las relaciones laborales, sino de la tremenda inequidad en las relaciones de éstas con las grandes empresas y corporaciones (en materia de créditos, barreras de ingreso y expulsiones de mercado, tiempos y castigos en los pagos y condiciones muy draconianas en contratos de suministros, con gran presión sobre los costos, etc.). “En general por la competencia desleal de las últimas, lo que les hace muy difícil sobrevivir”.

“Una rebaja repentina de la jornada de trabajo, con mantención de los salarios -bastante bajos por lo demás, al igual que los ingresos de los pequeños microempresarios-, puede tener algunos impactos negativos en el corto plazo, si es que se trata de una medida aislada que no corrija otros problemas más graves del sistema económico, que hoy beneficia tan inequitativamente a las grandes empresas y corporaciones”.

“Creo que una reforma de este tipo debiese ir unida a cambios significativos al modelo económico y social”, aseguró.

En su opinión, es “un mito afirmar que la reducción de la jornada semanal, con mantención de los ingresos, incidirá negativamente en el empleo. De una parte es claro que las largas jornadas legales, que muchas veces son mayores en la práctica (y a las que hay que sumarles la habitualidad de horas extraordinarias, incluso por sobre los topes establecidos en la ley, y las tres o cuatro horas de viaje adicionales), tienen incidencia directa en bajos rendimientos, en incrementos de la accidentabilidad y las enfermedades profesionales”. Además, aseguró que la experiencia internacional demuestra que no hay efectos negativos, ya que los países con jornadas más reducidas, son los de más alta productividad, y en ellos la reducción de jornadas precedió a las mejoras en ese campo”.

“El desafío de optimizar la productividad depende de muchos factores y no sólo del rendimiento laboral… exige estimular y aprovechar mejor las capacidades de la fuerza laboral, lo que requiere trabajos dignos, buenos climas laborales y hacer realidad el trabajo en equipo”. No obstante, “no sacamos nada aprobando leyes y más leyes, sin debates serios y previos entre las partes sociales directamente involucradas…A su vez, por favor, tengamos un poco más de seriedad y coherencia. Se acaban de aprobar nuevas normas laborales permitiendo pactos de flexibilidad, en los que se puede acordar jornadas de hasta 12 horas diarias de trabajo”.

Finalmente Omar Carrasco, académico de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Central, compartió con ella su visión positiva en torno al proyecto. “Reducir las jornadas, no sólo contribuiría a la felicidad de las personas, sino que traería mayor producción y bajaría las tasas de cesantía, sobre todo en la juventud. Así lo pensó el Reino Unido, que hace unos años atrás planteó la necesidad de una semana laboral más corta, a fin de mejorar la salud mental y remediar el problema de desempleo entre la población de menor edad. La idea fue respaldada bajo el argumento de que una semana de trabajo más corta, traería beneficios sociales como: Menos consumo de carbono, reducción del desempleo, aumento del bienestar social y ahorro de dinero”.

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