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“Ojalá la panadería tradicional nunca desaparezca”

Simón Echenique Orgambide, dueño de panadería Magnolias:

Nació en 1932 en Navarra, España. Creció en una familia integrada por 13 hijos, que primero debió enfrentar la Guerra Civil de su país y luego los efectos de la Segunda Guerra Mundial.

Debido a ello, Simón Echenique Orgambide sólo cursó 2 años en el colegio, y como era ya una costumbre entre los niños y jóvenes de su pueblo, soñaba con emigrar a América.

La mayoría de los habitantes de Navarra viajó a Argentina, México y Canadá. Muy pocos a Venezuela y Chile. Todos buscando mejores horizontes, ya que Europa no ofrecía entonces buenos empleos ni posibilidades de desarrollo.

En sus planes nunca estuvo Argentina, ya que supo que las mayores ofertas de empleo eran en el campo y esto no era de su agrado. Trató de ir a México, pero no tuvo opciones para concretarlo.

Entonces sucedió que viajaron a Navarra unos españoles que tenían panadería en Chile. Cuando ellos retornaron a Santiago, le escribieron ofreciéndole un trabajo. No lo pensó mucho y gestionó los papeles para embarcarse lo más pronto posible.

A sus 19 años zarpó desde Bilbao, junto su amigo Ramón Arrufería, que tenía la misma edad. Tuvieron paradas en Vigo (España), Portugal, Río de Janeiro y Santos (Brasil) y Uruguay. Al llegar a Argentina estuvieron como 15 días a bordo. No los dejaban bajar, porque eran menores de edad.

Finalmente les autorizaron y salieron en tren hacia Mendoza. Era el mes de junio y sucedió lo que pasa muchas veces en nuestro invierno, el paso fronterizo estaba cerrado por acumulación de nieve.

El joven Simón y su amigo ya no tenían dinero. Muy preocupados se dirigieron hasta una residencial. La explicaron al dueño y él, amablemente, los acogió gratis por los 5 días que demoraron en salir (tiempo después, le enviaron dinero por esta ayuda).

Así lograron subirse a “una carcacha” de tren hasta el paso cordillerano. Ahí había otro tren descarrillado en el túnel, por lo que, con la maleta al hombro, tuvieron que caminar desde la parte argentina hacia la chilena.

Tras 57 días desde el inicio de su viaje, el 3 de junio finalmente llegaron a la Estación Mapocho, donde los estaban esperando para ir a trabajar en la panadería ubicada en Vivaceta 826, de propiedad de la señora Josefa Diarrazarri Zubarramurdi.

Se quedó a vivir en el local y partió de inmediato desempeñándose en la caja. Tras unos dos meses, asumió como repartidor de pan en un carretón con caballos para el centro y las poblaciones. Allí las mujeres salían con su bolsa de género para que recibir el pan de manos de don Simón.

Recuerda que desde el inicio se llevó muy bien con los chilenos. Pero le llamó la atención el lenguaje. “Los garabatos de aquí y de allá son diferentes. Pero aprendí ligerito”.

Nunca enfrentó alguna situación compleja. Explica que varias veces le tocó ir a buscar a los panaderos en la carreta a unas poblaciones consideradas malas, “pero nunca me pasó nada”.

Al cabo de unos 4 años, los dueños de la panadería compraron otra en Mapocho 6402. Y se trasladó a ella para convertirse en el administrador. Le fue tan bien que, al cabo de 3 años, nuevamente lo mandaron a un nuevo local que compraron en Lo Espejo.

INDUSTRIAL

Tras 4 a 5 años como administrador, decidió dar al paso para convertirse en empresario. Realizó las gestiones en ese sentido y encontró la panadería San Cristóbal, ubicada en la calle del mismo nombre en el barrio Vivaceta.

Tenía un dinero que podía invertir para dar el “pie” y pactó algunas cuotas, pero no tenía para comprar la harina. Se presentó en el molino La Estampa y habló con su dueño. “Le pregunté si podía fiarme harina por unos 3 meses, para comenzar… y afortunadamente conté con su apoyo, ya que me dio el crédito”.

Don Simón tenía 28 a 30 años y estaba soltero. Así que para contar con el apoyo de alguien de confianza, trajo a su hermano Emiliano desde España.

Tras 2 a 3 años, vendió porque quería comprarse una panadería más grande. De ese modo llegó hasta la panadería que tiene hoy en Macúl. Se llamaba Magnolias, ya que estaba ubicada en una calle del mismo nombre (hoy Quilín).

Ahí compró la panadería sin problemas, ya que la venta de su primera panadería y las ganancias le permitieron asumir la cuota inicial, los gastos y los sueldos. Además, los dueños le dieron 3 años para pagar el saldo.

Recuerda que la panadería estaba casi nueva, ya que un padre se la había habilitado para que la trabajaran sus 2 hijos. Pero no pudieron hacerlo bien y optaron por vender.

Al año siguiente, en 1964, don Simón se casó con María Cruz, una joven española que había conocido hace algunos años en las fiestas que miembros de la colonia realizaban en distintos restaurantes. Ella también estaba ligada al sector, ya que en Chile vivía con unos tíos que tenían panadería.

Ambos vivieron arriba de la panadería, como se estilaba en ese entonces. Ella apoyaba en la caja (y lo hizo por varios años) y en 1965 les llegó su único hijo, Alfonso.

Él creció como la mayoría de los hijos de industriales, en torno a la panadería. Hoy, junto a su tío Juan Pedro, están a cargo del negocio, ya que hace 4 años don Simón decidió traspasarle la responsabilidad y retirarse.

EVOLUCIÓN DE LA PANADERÍA

Recordando sus inicios en el sector, don Simón dice que cuando comenzó como industrial, eran los años del gobierno de Eduardo Frei Montalva. Entonces el pan de vendía por unidad y las familias compraban grandes cantidades. “Hoy no se vende ni la mitad de lo que se consumía entonces. Ahora hay tanto dulce y muchas otras cosas para comer, que lo han reemplazado”,

“En esos años no sólo compraban en la mañana, al mediodía y en la tarde, sino que a veces 4 y 5 veces durante una misma jornada. Se daba mucho que salían comiendo el pan y llegaban a la casa con mucho menos y tenían que regresar… Ahora, uno que otro lo hace, pero es muy poco”.

Explica que “antes el pan era la base de la alimentación. Y en los sectores más modestos, muchas veces se comía pan todo el día para reemplazar las otras comidas, para las que no había dinero”.

Por muchos años –agrega- el negocio fue sólo pan. “En los 70 se vendía leche en una caja grande de madera. Las personas llevaban sus botellas de vidrio y se dispensaba la leche así. Luego fuimos incorporando otros productos para acompañar el pan (como mantequilla, cecinas, queso, huevos); más tarde abarrotes y bebidas. Pero hoy ya no podemos vivir sólo de la venta de pan, lamentablemente”.

Sobre los trabajadores, también destaca su evolución. Como todos, tuvo maestros panaderos mapuches, que eran muy buenos para el trabajo, pero que no estaban exentos de causar problemas, ya que varios “andaban con cuchillos y eran muy buenos para el trago”. Jóvenes mujeres del sur se imponían en el salón de venta, algunas de ellas “puertas adentro”, por lo que trabajaban “desde la mañana hasta la noche”.

En medio de esa intensa forma de trabajar, la señora María Cruz se encargaba de dar almuerzo a todos los colaboradores.

COMPLICACIONES

Don Simón recuerda que sus años más difíciles fueron los 3 de la Unidad Popular, cuando había falta de insumos para trabajar y la panadería se abría cada 2 días.

Hoy –dice- se enfrenta otra etapa complicada, ya que “la competencia de los supermercados y la oferta de otras cosas, han hecho que cada día vaya empeorando la panadería. Las ganancias se están achicando constantemente”.

No obstante, dice que no han tomado ninguna medida especial para mejorar sus ventas, ya que nos vislumbran una estrategia que pueda ser efectiva. Pero afirma que su sueño es que “las panaderías tradicionales sigan existiendo”.

Sobre Indupan, dice que le parece bien lo que se hace para promover el pan tradicional, ya sea en actividades con las autoridades, así como con la ciudadanía.

“Una vez salimos segundos o terceros en el concurso La Mejor Marqueta, y pusimos el diploma en la panadería. Los almaceneros nos pedían una copia para también colocarlo ellos. Fue muy positivo para todos nosotros”.

“Encuentro que ese concurso es una muy buena idea, así como otras actividades que hacen. Eso ha levantado un poco la imagen del pan. Hoy se habla más de que las personas prefieren las marraquetas de panadería en lugar de las que hay en supermercados. Eso es bueno para todos”.

Está convencido que la calidad de nuestro pan es un valor que se debe destacar. “Me ha tocado vender varios kilos de marraquetas a personas que llegan donde sus vecinos y que viven en Miami y en Canadá. Cuando ser van, llevan pan para varios días. La marraqueta no se encuentra en ninguna parte del mundo y es muy apetecida. Quizás si trabajamos más eso como concepto, podemos repuntar en las ventas”.

Hoy el 80% del pan que venden en su establecimiento es marraquetas, 15% sería hallulla y el 5% especial. Distribuyen pan a almacenes de los alrededores y a los casinos de algunas fábricas cercanas también. En la panadería trabajan 15 personas.

Su sueño en relación a su panadería, es que siga existiendo. Pero no cree que esté en manos de la familia, ya que sus 2 nietas optaron por estudiar ingenierías. No obstante, reconoce que cuando están de vacaciones y les pide ayuda, van a colaborar de inmediato.

Así que aún puede que haya una historia que escribir de la familia Echenique en la panadería Magnolias.

Ind. Ecomómicos: UF: $28,293/ UTM: $49,623/ USD: $773