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Panadería El Dorado: El nuevo rumbo de una empresa tradicional

Tiene 37 años y es oriundo de Linares. Encabeza una familia de 4 hijos, la que formó con Tamara utilizando la fórmula de sumar “los míos, los tuyos y los nuestros”. Hasta ahí, una historia nada de particular.

Pero hemos llegado hasta él, porque desde enero pasado se convirtió en el nuevo dueño de la panadería El Dorado, un negocio ubicado en Arturo Prat con Copiapó, que durante el siglo pasado fue formado por el español Benito Martínez Martínez y su hermano, y que hoy es una empresa que, pese a los cambios, se niega a desaparecer y en la actualidad vive un tercer impulso con esta nueva administración.

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Carlos Ruiz Valdés llego a trabajar en panadería en el 2005, cuando tenía 23 años. Pero había llegado a Santiago algunos años antes. Se motivó a salir de su hogar tras cumplir con el servicio militar en la Escuela de Artillería de Linares. Dice que esa experiencia le abrió los ojos y le impulsó a buscar nuevos horizontes para no quedarse a trabajar en el campo, como lo habían hecho sus padres.

Con un pequeño bolso arribó a la capital, donde lo recibieron en la casa de su cuñada (la esposa de su hermano mayor). Llevaba unos días ahí y como no encontró nada, perdió las esperanzas y optó por retornar al sur.

Pero antes de viajar, publicó un aviso en El Rastro. Éste decía: “Se ofrece joven sureño para trabajar en cualquier rubro. Responsable y trabajador”.

Al cabo de tres días de haber retornado a su hogar recibió un llamado. “Era un caballero. Me dijo si quería trabajar con él en una automotora. Me contó que también era del sur, de Longaví, y que por eso le daba confianza emplear a alguien como yo. Me dijo que era jubilado y que ahora tenía su negocio…”.

Carlos estaba feliz, pero se quedó con la duda. Así que se consiguió un teléfono público. Le devolvió el llamado para confirmar. Y le contestó la misma persona, quien le reiteró que se viniera a Santiago, que lo iba a esperar.

Llegó y comenzó a trabajar de inmediato. Trabajó con él como unos 5 años. En ese tiempo ya se había contactado en Santiago con un amigo de la infancia, Alejandro, que se desempeñaba en una panadería. Éste lo llamó y le ofreció que se fuera a trabajar con él. Le explicó que necesitaban un repartidor, ya que había que reemplazar a uno al que “le gustaba la farra y por eso faltaba mucho”.

Así, de aventuró nuevamente llegó hasta la panadería ubicada en calle Roberto Espinoza con Santiago, conocida como La Nueva Monserrat. Allí le presentaron a Tamara, quien trabajaba en el mesón. Ella era cuñada de su amigo Alejandro.

Carlos y Tamara se habían visto más de alguna vez en el campo, ya que ella iba veranear a Linares, pero nunca se habían relacionado.

Carlos su fue a vivir en una pieza de la panadería. Trabajaba duro y comenzó a ahorrar peso a peso. Pero como a los 6 años, el dueño vendió el local a una inmobiliaria que construyó una torre.

Tamara se fue a trabajar a un banco, ya que al poco tiempo de que los asaltaran, hizo un curso para cambiar de rubro. Carlos, en tanto, habló con sus clientes. Les dijo que si lo apoyaban los seguiría atendiendo y le dijeron que sí. Entonces buscó otra panadería.” Me apoyaron porque yo era responsable y siempre llegaba a la hora”.

Se acercó a una panadería en calle Arica, en Estación Central. “Les dije que me vendieran pan y que me hicieran un precio… yo compraba pan, les revendía a los clientes, y ellos me facturaban para los clientes. Estuve así como 4 años. Todo iba muy bien, pero nuevamente los dueños vendieron la propiedad. Hoy existe un jardín infantil en ese terreno”.

Para atender a sus clientes buscó otra panadería y llegó a la comuna de Lo Espejo; a la Santa Olga. Insólitamente, a poco andar la panadería también cerró. Así, una vez más emigró y llegó a Las Cumbres, en Departamental con Avenida La Feria. “Esa panadería no es muy conocida, porque no tiene mesón. Sólo distribuye pan. Así que rápidamente llegué a un nuevo trato y seguí atendiendo a mis clientes”.

Tras 4 años recibió un ofrecimiento del dueño de la panadería El Dorado, en Arturo Prat con Copiapó. “Con don Carlos Céspedes nos conocíamos, porque a veces yo me quedaba sin pan y le compraba a él. A veces, él se quedaba sin pan y me pedía que yo le trajera... Nos ayudábamos mutuamente y nos hicimos muy amigos”.

“Un día (a mitad del año 2018) me contó que quería vender el derecho de llave –recuerda-, ya que tenía unos problemas familiares y sus hijos no iban a seguir con la panadería. Me dijo que si yo sabía de un interesado, le avisara… A los días después, le dije que yo le compraría. Le puso un precio y nos dimos la mano”.

Al cabo de unos días, al dueño le llegaron varias propuestas mejores a la acordó con Carlos Ruiz. Pero “como éramos amigos, me respetó la palabra. Yo en ese tiempo tenía unos terrenos que había comprado en el sur. Los vendí todos, junté la plata y le pagué”.

El dueño le explicó que no iba a dejar la panadería en manos de personas que iban a desarrollar otro rubro. “Las otras ofertas eran de un colombiano que quería hacer otro negocio… ahí pensó lo que creía también la dueña de la propiedad, que es la nieta de los españoles que formaron la panadería. Ellos no querían que la panadería se acabara, así que él respetó ese deseo”.

Le contó entonces que a don Benito Martínez Martínez y su hermano, les fue muy bien. Ambos formaron a sus familias, ganaron mucho dinero y lograron armar otros negocios gracias a la panadería. Por eso, su sueño fue que ésta nunca se acabara.

“La otra oferta de dinero la tenía de una persona que quería seguir con la panadería, pero no conocía este negocio. Don Carlos intuyó que no sería capaz de mantenerla. Así que optó por respetar el trato conmigo, confiando en que, gracias a mi experiencia, mi clientela y la de él, la panadería podría seguir en pie”, dice Carlos Ruiz.

Carlos Ruiz y su esposa Tamara dejaron su casa en Pudahuel y se trasladaron a vivir a la panadería. Se quedaron con todos los panaderos y varios repartidores. Pero no fue nada fácil el inicio de esta aventura. Comenzaron a trabajar en enero y febrero, meses malos para el rubro.

“Cuando yo trabajaba en otras panaderías, vi los problemas que se tienen con los panaderos, repartidores y en otras áreas. Me dije, yo nunca me metería en eso. No sé qué me pasó en ese momento. Me entusiasmé “.

Esos primeros meses –recuerda- fueron muy complicados. Bajas ventas y tuvo problemas con la calidad del pan que le producían los panaderos. “Yo sentía que los panaderos hacían las cosas a la rápida. Eran como brutos y lo único que querían era irse luego para la casa. El pan salía feo… Un día entré, tomé la pala, hice andar las máquinas y se dieron cuenta que yo sabía. Porque yo hago pan… entonces, comenzaron a mejorar las cosas en ese sentido”.

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También tuvo problemas con un repartidor. “Un día no quería salir con la cantidad que yo le mandaba; me dijo que iba a esperar el pan de la tarde. Me puse firme. Le dije que si no le gustaba, se fuera no más, que yo no me iba a morir por salir a la calle. Me fui a cambiar ropa para salir y cuando regresé, él se había ido a repartir”.

Carlos dice que conocer el rubro, le permitió controlar los problemas. “Si falta un panadero, yo cubro, porque sé hacer pan. Lo mismo con un repartidor. No tengo problemas en salir”.

Otra dificultad que tuvo a que abordar, es tenía unas máquinas muy deficientes. “No salían bollitos para hacer pan, por ejemplo.” Así que a poco andar tuvo que comprar una ovilladora y una dobladora. Ahora, afortunadamente, estamos sacando puros panes bonitos y todos los clientes están conformes.

Dice que les costó… “Fue duro porque perdimos como tres clientes. Pero uno de ellos volvió. Se vino a dar una vuelta por acá y se dio cuenta que el pan mejoró, y retomó los pedidos. Era un cliente tradicional de esta panadería”.

En el caso de sus clientes antiguos, con los que trabajo por años, “ni uno de ellos me dejó. Me acompañaron en cada una de las panaderías donde estuve y tuvieron paciencia hasta que el pan mejoró… claro que siempre me preguntaban cuándo llegaban las máquinas para mejorar el pan”.

“A ellos los iban a ver de otras panaderías para ofrecerles pan, pero les respondían que, aunque les llevaran el pan a 50 pesos, no me iban a reemplazar. Su apoyo ha sido una riqueza para mí”.

Sumando sus pedidos a los de los clientes de la panadería, Carlos ha logrado tener un “amasijo más o menos…. Eso nos ha ayudado a salir adelante de a poco”.

En esta lucha diaria, Carlos destaca el apoyo de su familia. “Ha sido fundamental mi esposa, mi hija, mi hermana. A ellas se suman hoy el apoyo del pololo de mi hija mayor, un sobrino… en fin, cada uno ha sido fundamental para poder salir adelante”.

Con cariño recuerda que su hija mayor, que estudia en la universidad, ocupó parte de sus vacaciones para hacerse cargo del reparto de una de sus rutas cuando recién comenzaban. “También yo me sentí muy feliz, porque al comprar le pude dar trabajo a mi hermana, que llevaba más de un año cesante”.

Carlos reconoce que cuando comenzó con la panadería, tenía que ponerse a trabajar a la una de la mañana o a las 12 para ayudar a hacer pan o coser. Si yo no lo hacía, no había pan a la hora necesaria”.

Su esposa también tuvo que asumir parte de la administración. Ella recuerda que varias veces lloró tras contestar el teléfono por llamadas en las que los clientes se quejaban porque nos les iban a cobrar y había un desorden en ese y otros sentidos. “Yo estaba agobiada. Me daba vueltas y a veces me daba cuenta que no le había hecho su comida a mi niña (de dos años). Pero nos llegó ayuda”.

En el caso de Carlos, lo apoyó un joven que se fue a vivir a la panadería con su esposa e hija. Él es como un mayordomo. En el caso de Tamara, el alivio vino por parte de su yerno, un sobrino y luego su cuñada. Hoy se decida a cuidar de su hija y a la familia, pero supervisa el mesón cuando su esposo debe salir.

“Pusimos cámaras y por fin puedo descansar. Y esto me permite tener más tiempo para poder planificar y buscar nuevos clientes. Ya no tengo que estar disponible en la madrugada, sino que por las mañanas, como debe ser”, dice Carlos.

PROBLEMAS CON LOS PROVEEDORES

Al consultarle qué fue lo más difícil que le tocó asumir en su rol de industrial, Carlos nos dice que enfrentar el hecho de que los molinos no le daban crédito. “Yo invertí toda la plata en comprar acá. Y me pedían pagar en efectivo. De ellos no tuve ningún apoyo cuando no tenía capital… tuve que aguantar. Ahora la San Felipe me permite que le pague a 30 días. Eso ha sido un alivio”.

Aunque ya podría optar a un crédito más largo, dice que prefiere ese acuerdo. Hoy, cuando se le acaba lo que tiene, encarga más y paga lo anterior de inmediato. “No debo grandes sumas y eso me permite dormir tranquilo. Junto el dinero y encargo más… cuando se debe mucho dinero, después cuesta mucho pagar. En la medida que puedo, pago de inmediato, porque esa plata no es mía”.

Tamara dice que para tener este negocio, hay que ser como su esposo, muy ordenado. “Se deben pagar sueldos, imposiciones, arriendo, a los proveedores… en fin… si él no fuera como es y no hubiese conocido el rubro, ya habríamos quebrado”.

“Al principio –dice Carlos-, yo estaba arrepentido. Pero ahora estamos mejor y con ganas de salir adelante. Hay mucha competencia, pero hay que ser responsable, perseverante. Yo me he dado cuenta que cumplir con el pedido y llegar a la hora es fundamental. Uno puede tener un pan muy rico, pero si llegas tarde o no cumples con todo el pedido, el cliente no perdona. Al revés, te pueden aceptar que un día el pan no salga de lo mejor, pero no hay que fallarles nunca, así no te abandonan”.

La amistad también es una riqueza que se ha preocupado de cultivar. Y esto queda muy en claro al enterarnos que Carlos, dentro de todas sus responsabilidades, les compra insumos a unos amigos. ¿Cómo es eso?

Mientras realizábamos la entrevista, lo llamaron para pedirle que les compre churrascos. Al cortar, Tamara nos explica que hace unos años Carlos les ayudó a instalar una cafetería en un pasaje cercano al Instituto Nacional. Entonces, él les compraba los huevos, los churrascos y les llevaba el pan. “Cuando iba a comprar les ofrecía a los vecinos. Así que se llevaba pedidos de varios. Hoy la cafetería la administra mi hermana y Carlos sigue dando ese servicio a los amigos. Aún lo llaman para que les compre, y él va”.

Al mirar el camino recorrido, Carlos dice que a 4 meses de iniciar esta aventura, ya están un poco más tranquilos. “Ya superamos esa desesperación inicial que me hizo arrepentirme de haber dado este paso. Ahora tenemos planes. Queremos mantener la calidad del pan, aumentar la diversidad de productos, aumentar la clientela, renovar el mesón y poder vender pastelería”.

Dice que no van a rendirse. Que aprovecharán todos los apoyos que pueden recibir de Indupan, así que estarán atentos a los cursos y las asesorías. “Sentir que no estamos solos en esta lucha, será fundamental para continuar mejorando. Así que estaremos en contacto”, concluye.

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